Rufo, un perro con estrella... ¡y estatua!

Rufo es el perro más famoso de Oviedo. Toda la ciudad le tenía tal cariño que acabaron poniendo una estatua en su honor.

 

Todas las ciudades encuentran la manera de homenajear a los vecinos que más han destacado por cosas dignas de recordar. De Asturias destacaría muchas cosas pero una en concreto ha conquistado mi corazón: en Oviedo han puesto una estatua en honor a Rufo, un cruce de mastín y pastor alemán que vivió allí entre los años 80 y 90.

Nunca deberíamos aceptar con normalidad que un perro viva en la calle sin dueño y sin protección. Rufo era un perro vagabundo y callejero pero con dueño. Su caso era excepcional pues toda la ciudad de Oviedo protegía, alimentaba, amparaba y cuidaba a este perro que formaba parte del paisaje urbano. Nunca le faltó comida ni cariño.  

La fama de Rufo le viene porque, no se sabe muy bien por qué, acudía a cualquier sitio donde había una concentración humana. A cualquier perro le gusta la compañía del hombre pero a Rufo lo que le gustaba era la gente, la masa, el grupo, el acontecimiento social. No quería tener un solo amo a quien obedecer y amar, él quería a todos y se dejaba querer por todos. Él vivía como quería.

Por eso Rufo ha sido protagonista de muchas fotografías históricas de la ciudad: iba a  las manifestaciones (aunque no sabemos su ideología, se apuntaba a todas); iba a ver, a pie de valla, los partidos del Real Oviedo más glorioso en el viejo Carlos Tartiere; iba a las discotecas (le dejaban entrar descalzo); hizo un peregrinaje a Covadonga; aparece en el primer retrato oficial del primer gobierno del presidente autonómico Pedro de Silva; incluso saludó al alcalde Antonio Masip a la entrada del Campoamor en la entrega de los Premios Príncipe de Asturias (cuentan las malas lenguas que el alcalde le dijo: "Rufo, creo que aquí no pintas nada", ante lo cual Rufo dio media vuelta y se fue dignamente)

Cuidar a Rufo era un asunto municipal. El Ayuntamiento se encargaba de sus vacunas, de desparasitarle y de bañarlo de vez en cuando. Sólo en una ocasión Rufo fue llevado a la perrera municipal. La reacción de la ciudad fue tal que hasta se celebró una manifestación para exigir su puesta en libertad.

Cuando Rufo se hizo mayor, el presidente de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Oviedo solicitó al alcalde que la célebre mascota ovetense pasara sus últimos días en un albergue para poder atenderle mejor.

El 21 de septiembre de 1997 Rufo murió a la edad aproximada de 12 o 13 años. Casi cinco mil firmas consiguieron que el Consistorio dedicara una escultura a este increíble mastín que compartió vivencias con toda la ciudad de Oviedo durante una década.

Siempre quedará la duda de si realmente fue Rufo quien no estaba dispuesto a ser adoptado por una familia para tener un hogar concreto o si fueron los ovetenses los que no estaban dispuestos a dejar de ver por las calles del centro a este símbolo canino de la ciudad. Si cuento esta historia con cariño es porque sé que Rufo no sufrió las penurias de cualquier perro abandonado, que murió de viejo y que tuvo muchos padres adoptantes.

Hay muchas razones para poner una estatua a alguien en una ciudad, unas más loables que otras. Casi todas son homenajes a hazañas bélicas, políticas o culturales y casi todas son erigidas por decisión de grandes instituciones. La estatua a Rufo es un homenaje a una gran amistad, la de este perro con toda una ciudad. Y no fue decisión de ningún organismo público, Rufo tuvo su monumento por clamor popular.

 

 
 

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