Educar a tu perro para entenderos mejor

Educar a tu perro es cuestión de coherencia y paciencia. Los dos saldréis ganando.

 

Cuántas veces has hablado a tu perro porque te encanta verle mover la cabeza de lado a lado con las orejas desplegadas, como si intentara sintonizar algo. Es una estampa monísima pero detrás de ese gesto hay una gran verdad: tu perro quiere entenderte porque lo que más desea en este mundo es agradarte. Para él es frustrante no saber lo que tiene que hacer.

Partamos de una obviedad: tu perro y tú habláis idiomas diferentes. Si los primeros días te resulta difícil entender sus ladridos, imagínate los problemas que tendrá él para descifrar tus palabras. Tu perro te verá como un animal simpático pero extraño. Si quieres que te entienda, empieza por entenderlo a él.

El perro es un animal de manada y establece sus relaciones con los demás en función de su estatus. No entiende que no haya un líder alfa. Si no nos imponemos, él se sentirá moralmente el líder y actuará en consecuencia. No te queda más remedio que ser su amo. Eso sí, si se te sube a la cabeza piensa por un momento quién recoge las cacas a quién. Se te bajarán los humos.

Otra gran verdad: tienes que educar a tu perro. Si había que cumplir tres reglas para evitar que los Gremlins destrozaran un pueblo entero, tendrás que respetar tres normas básicas para que tu perro no arrase con tu casa.

Usa las mismas palabras siempre para una orden. Un perro no es un hacha reconociendo sinónimos. Para él no es lo mismo "¡al suelo!" que "¡baja del sofá!". Ni entenderá igual "¡ven aquí!" que "tu presencia a mi lado en este momento se me hace imprescindible".

Las "clases" que sean cortitas, entre unos 5 a 20 minutos. Entre clase y clase que pase un intervalo de tiempo , unas cuantas horas o incluso un día. Si en el cole te hubieran metido muchas horas seguidas de matemáticas, también habrías acabado dibujando en la mesa o pensando qué habrá de merendar.

Y sé coherente. Si una conducta está bien, estará bien siempre. No puede variar en función de tu estado de ánimo o de quién visite tu casa. Si normalmente le dejas lamerte la cara no le eches la bronca si lo hace delante de tu escrupulosa cuñada.

Es importante que todos los miembros de la familia sigan las mismas normas. No es tan complicado, sólo hay que armarse de paciencia ¡y galletitas!

 

 

 
 

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